Editorial

Contexto social y racial en el surgimiento del pícaro venezolano (Part II).

Por @hlezama

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El análisis marxista que hace Brito Figueroa de las rebeliones de esclavos refutan el tratamiento tradicional que los historiadores venezolanos le han dado a dichos levantamientos: a) que fueron “acciones esporádicas sin motivaciones sociales o económicas;” y b) que la población africana en su totalidad—con pocas excepciones—“pacíficamente aceptaba la institución esclavista impuesta por los colonizadores blancos” (41). Las numerosas rebeliones de esclavos (al menos nueve de significación y bien documentadas desde 1552 a 1799), Brito Figueroa arguye, fueron siempre motivadas por las desigualdades de la estructura de clase de Venezuela y el desarrollo de las fuerzas productivas; por lo tanto, deberían ser consideradas “modalidades de lucha de clases,” que en su totalidad “estaban relacionadas al desarrollo social de la Venezuela colonial” (42). Brito Figueroa aclara, sin embargo, que “los alzamientos, rebeliones y sublevaciones de los esclavos negros en Venezuela colonial no llegaron a constituir una insurrección revolucionaria…que condujera a una transformación revolucionaria de la sociedad colonial Venezolana” (99).


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Esta situación no cambió cuando, años más tarde, las rebeliones se politizaron. A pesar de los temores y rumore “la Victoria de los Federalistas no condujo a un baño de sangre. Los negros no pasaron a los blancos por el filo (de sus espadas). De hecho a corto y largo plazo, muy poco cambió en Venezuela…El orden social se mantuvo intacto, cambiando solo en el sentido que nuevos miembros tenían acceso a las posiciones de la élite como resultado de su asociación con la facción ganadora” (Wright 38). Las minorías venezolanas fueron dejadas con una revolución a medio hacer y un sistema social igualmente subyugante que alimentó el folklore, el único lugar donde el pueblo encontraba espacio para expresar los prejuicios de su mentalidad colonial, frustraciones, odios, y válvula de escape en el humor y “lo fantástico.”


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Wright minimiza el papel de las revueltas en la animosidad de los blancos contra los negros. Cuestiona la validez de las cifras dadas por Miguel Acosta Saignes y Federico Brito Figueroa en relación al número de cimarrones para finales del siglo dieciocho. “Quizás incorrectamente identificadas como cumbes, la mayoría de estas aisladas comunidades rurales en realidad constituyen grupos de negros libres, mulatos, zambos, pardos, Indios, y blancos pobres en su mayoría,” argumenta Wright (25). Criminales, en vez de esclavos fugitivos, sugiere Wright, pudieron haber causado toda la violencia que los blancos tanto temían y atribuían a los negros exclusivamente.


Siempre midiendo el racismo con los estándares de los EUA, los venezolanos han negado históricamente cualquier rasgo de semejante odio en su fibra social, atribuyendo las diferencias a condiciones económicas, por consiguiente argumentando “sinuosamente—que ellos despreciaban a los negros porque eran pobres [la pobreza trayendo consigo toda clase de malas costumbres]; la mayoría de los pobres, sin embargo, eran pobres porque eran negros” (Wright 5).


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William Curtis comentaba (alrededor de 1896) que a pesar del hecho que la línea de color no estaba claramente delimitada en Venezuela como en los Estados Unidos, ‘el negro purasangre, como el indio purasangre, raras veces se eleva por encima del jornalero, y el zambo es el más bajo de todos… El ejército, como las clases trabajadoras, se compone de Indios, negros y zambos, mientras que los oficiales son blancos o tienen sangre blanca en sus venas’ (citado en Wright 48). Como dice Wright, “los esclavos libertos se movieron horizontalmente en la escala social de servidumbre a peonato.”


Sin embargo, Wright hace una afirmación problemática, casi miope: “Las guerras que devastaron Venezuela durante el siglo diecinueve ni surgieron por ni condujeron a odio racial” (40). Él prefiere atribuir más de una razón (lucha por igualdad, provecho social, reclutamiento forzado, etc.) a las confrontaciones. De la forma como autores como Herrera Luque, Gallegos, Sojo, y Díaz Sánchez lo ven, la raza sí jugó un papel importante. El mismo Wright documenta que “durante el siglo diecinueve, los blancos [venezolanos] activamente propiciaron una imagen degradante de los negros para mantener la empobrecida minoría negra subordinada, representándolos despectivamente en el folklore, la literatura, y otros géneros culturales […] Como sus contemporáneos Yankees, [los blancos venezolanos] atribuyeron a los negros un número de características singularmente negativas—a saber, fealdad, flojera, suciedad, sensualidad, y picardía” (44). Aunque es cierto que “la raza solamente no le impidió a la mayoría de los negros mejorar sus vidas”, dado que las condiciones económicas de Venezuela después de 1854 dificultaban que los “negros analfabetas y sin destrezas” encontraran empleo, “a pesar de la escasez de trabajadores rurales” (50), fue el estigma del color lo que impidió que los adinerados al menos trataran de cerrar la brecha que los separaba de los desposeídos, creando, a la vez, más resentimiento en la mayoría de los venezolanos. Este resentimiento sería canalizado en las numerosas confrontaciones que siguieron la emancipación, especialmente la atroz Guerra Federal, retratada magistralmente por Gallegos.


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Aunque el esencialismo racial domino los círculos intelectuales venezolanos hasta mediados del siglo XX, y los opositores como Jesús Muñoz Tébar poco pudieron hacer para convencer a la clase dominante de que “cualquiera podía alcanzar cultura a través de la educación, independientemente de su raza o clima” (Wright 55), dos pensadores cuyas ideas retaron las nociones racistas que prevalecían en Venezuela desde los tiempos coloniales eventualmente encontraron un fórum en los reformistas y racialmente mezclados partidos políticos venezolanos de la era democrática. En 1944 Alfredo Machado Hernandez “consideraba un gran error ver a los africanos como bárbaros, salvajes, y primitivos” (Wright 117). En términos de los efectos de la mezcla, Machado “sentía que la sangre negra había [en todo caso] mejorado la mezcla de razas en Venezuela porque su adición llevó a adaptaciones raciales acordes con las ‘inhóspitas’ condiciones físicas de la región” (118). Entre los años 1940 y 1960, los escritos de Miguel Acosta Saignes “se separaron dramáticamente del camino ortodoxo seguido por aquellos pocos individuos que estudiaban a los negros venezolanos.” Acosta Saignes, un antropólogo marxista, creía que “un largo proceso de mezclas raciales y culturales más bien africanizó a los blancos y pardos en lugar de españolizar a los negros” (Wright 119). Acosta Saignes “desestimaba que el color de la piel, la estatura, la textura del pelo, y el color de los ojos tuviera algún significado científico […] Nutrición, clase, y condiciones económicas tenían más peso” (120). Es en el contexto de esta diatriba racial y social que el folklore (y el pícaro en particular) emerge como una fuerza significadora para reflejar y subvertir la cultura venezolana.


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Trabajos citados o consultados

Abrahams, Roger D. Ed. Afro-American Folktales. Stories from Black Traditions in the New World. New York: Pantheon Books, 1985.
Acosta Saignes, Miguel. Elementos Indigenas y Africanos en la Formación de la Cultura Venezolana. Caracas: Instituto de Filosofia UCV, 1955?
—. Vida de los Esclavos Negros en Venezuela. Caracas: Esperides, 1967.
Arraiz, Antonio. Tío Tigre y Tío Conejo. Caracas: Monte Ávila Editores, 1980.
Brito Figueroa, Federico. Las Insurrecciones de los Esclavos Negros en la Sociedad Colonial Venezolana. Caracas: Editorial Cantaclaro, 1961.
Díaz Sánchez, Ramón. Cumboto. Caracas: Editorial Panapo, 1997.
—. Paisaje Historico de la Cultura Venezolana. Buenos Aires: EUDEBA, 1965.
Gallegos, Rómulo. Pobre Negro. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1945.
Harris, Joel Chandler. Uncle Remus. His Songs and His Sayings. New York: Appleton’s 1910.
Lombardi, John. The Decline and Abolition of Negro Slavery in Venezuela. Westport: Greenwood, 1971.
Rivero Oramas, Rafael. El Mundo de Tio Cinejo. Caracas: Ekaré, 1999.
Sojo, Juan Pablo. Nochebuena Negra. Caracas: Editorial General Rafael Urdaneta, 1943.
Uslar Pietri, Arturo. La Invencion de America Mestiza. Mexico: FCE, 1996.
Wright, Winthrop R. Café Con Leche. Race, Class, and National Image in Venezuela. Austin: U. of Texas P., 1993.


No te pierdas la primera parte
Contexto social y racial en el surgimiento del pícaro venezolano (Parte I).

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