Amigos de Equipo Cardumen:

Es un gusto para mí participar en esta nueva edición de astrolabio, hoy me detendré a presentar una localidad clave en la ruta del Cardumen.

Espero que puedan interesarse por ella, es un lugar al cual se llega en embarcación marina, desde la costa del oriente venezolano, y por carretera (llena de imágenes impactantes como de otro planeta) en una travesía que poca gente realiza, debido a la necesidad de vehículos rústicos para solventar las irregularidades del camino.

Esperando poder motivarlos para hacer un lugar a Araya en sus corazones les presento este reino del sol.


Astrolabio una visión del mundo de Equipo Cardumen

por Graciela Acevedo

Araya, reino de sol

Castillo araya.jpg

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Cuando se desembarca en Araya se tiene la sensación de haber cambiado de planeta.

Estar allí implicará un nuevo trato con la propia piel por vivir en una experiencia de cercanía con el sol. El ardor en la tez hace entender la premura de sus habitantes, las carreras de los niños, el hablar atropellado de sus habitantes.

La vida doméstica de las familias arayeras podría describirse en función del efecto de luz y sombra durante el día.

Cada paredón es un reloj de sol, la sombra de algunos indica con cierta precisión la hora de la mañana, la de otros, la de la tarde.

La vuelta del sol hace rotar a las gentes según la posición del astro con respecto a las viviendas. Es el rey de nuestras estrellas quien decide donde tomar el café de la mañana o donde desenredar el pelo de las niñas por la tarde.

La delgada sombra del mediodía hace caminar a su gente, presurosa, pegada de las paredes, mientras que la luz vespertina los convida a asomarse para maravillarse, conscientes o no, con el espectáculo de un mar transparente, las blancas arenas, el intensificado azul del cielo generalmente despejado de nubes… alrededor, las desconchadas paredes de las casas revelan la historia de un poblado que parece no necesitar mayores ornamentos, como si la cercanía del mar fuera la única garantía de felicidad.

Salina de Araya.jpg

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Hay en Araya una laguna de aguas rosadas y de nívea y reflectante playa, un espejo al sol. Muy temprano por la mañana, o al caer la tarde, llegan a ella los nativos a recoger un poco de sal, con su salario a cuestas siguen su vida tranquila, aislada por las aguas de la península y por una aparente y despreocupada filosofía frente al futuro, inminente o lejano.

Si eres visitante en Araya sentirás las miradas, sus gentes (expertos buceadores) te detallarán completo y en un lenguaje secreto, hecho de gestos y onomatopeyas, seguirán tu pista por dondequiera que pases, sea que te acerques a un bar, sea que mires con atención a alguien, sea que simplemente te tires en la arena o protestes por el castigo de la arena y el viento sobre tus piernas.

En temporadas turísticas Araya se llena de gente foránea, una multitud llena las largas y blancas playas, buscando un no sé qué. Si uno se detiene a contemplar los grupos puede sentir la sensación de una búsqueda individual y piensa que tal vez se trate de la persecución de un portal hacia el paraíso perdido, o de la esperanza de hallar el umbral mágico hacia la soledad.

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Entrar en las frías y trasparentes aguas de la mar comienza por un fuerte estremecimiento que se aplaca paulatinamente hasta convertirse en un susurro de placer. Una suerte de rito de iniciación que te entrega a la zona dejando una parte del ser allí.

Cuando uno sale de Araya no deja de mirar las aguas que la alejan de ella, salir de Araya es volver a la realidad, lejos de un sentimiento mágico: lo que haya escrito aquí no describe, en absoluto, la experiencia de visitar Araya: una vivencia minimalista, casi, una experiencia reducida a piel y sol (o a piel y sombra), entre los límites del ser con la salada naturaleza externa que el sol gobierna.

Me despido, agradeciendo la amabilidad de su lectura.


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@helpie
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