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Cuentos Folklóricos, Raza y Lucha de Clase en la Literatura Afro-Venezolana. Parte III
por Henry Lezama

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Saludos a todos
Gracias por acompañarnos en el desarrollo de este tema. Revisemos ahora la forma en que los personajes de los cuentos folklóricos impactan el desarrollo de cada novela de las mencionadas en los post anteriores.
Pueden revisar las anteriores publicaciones en los siguientes enlaces:

Parte I:
https://steemit.com/steempress/@equipocardumen/astrolabiocuentosfolklricosrazayluchadeclaseenlaliteraturaafro-venezolanaporhlezama-0d8ax2gvmp

Parte II:
https://steemit.com/steempress/@equipocardumen/astrolabiocuentosfolklricosrazayluchadeclaseenlaliteraturaafro-venezolanaparteiiporhlezama-v5quxgukxf

Pobre Conejo Negro

En esencia, Pobre Negro cuenta la historia de tres personajes principales: Pedro Miguel, Luisana, y Cecilio el joven (para diferenciarlo de Cecilio Céspedes, su intelectual tío), que se desprenden de la historia de la familia Alcorta. Don Carlos y Doña Agueda Alcorta tienen dos hijos, Ana Julia y Fermín. Fermín se casa con una de las Céspedes y tienen cuatro hijos (Luisana y Cecilio el joven entre ellos). Su hermana, Ana Julia, es enfermiza y a temprana edad se traumatiza al presenciar el linchamiento de un Negro que supuestamente había violado a una mujer blanca. Años más tarde, en uno de sus trances, Ana Julia se pierde y es encontrada por Negro Malo, un esclavo que se había escapado de su plantación para asistir a un baile de tambor. Negro Malo abusa de Ana Julia; esta queda embarazada y muere dando a luz a Pedro Miguel, quien será criado por José Trinidad Gomárez, el capataz de una de las fundaciones de los Alcorta. Pedro Miguel crece ignorando su verdadero parentesco, se cree negro, y sin embargo se enamora de su prima Luisana. Su primo Cecilio le cuenta la verdad y cuando revienta la Guerra Federal Pedro Miguel se rebela contra los blancos conservadores, uniéndose al ejército federal, que se vendía como el campeón de los desposeídos. Traicionado por sus propios hombres y decepcionado por los horrores de los propósitos truhanescos de la guerra, Pedro Miguel deserta el ejército y huye con Luisana.


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Sin embargo, la novela dista de ser una historia de amor. Si acaso, se podría considerar una tragedia. Pero, para Gallegos, la tragedia no viene del mestizaje, sino de la resistencia de la clase dominante a aceptarlo como un acto consumado, y sus miedos al Otro. La mayoría de los críticos tratan a Pobre Negro como una “novela social,” con todas sus implicaciones culturales y políticas. Gallegos parecía abogar por una resolución no violenta de las disputas raciales, la evasión de las confrontaciones militares, y la aceptación que, como una nación mestiza, Venezuela también podía alcanzar la prosperidad.


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El uso del lenguaje, desde la perspectiva de los personajes negros, es una de las formas más fascinantes en las que Gallegos plantea su visión. Uno de los primeros epítetos raciales que leemos en la novela es curiosamente dirigida a una serpiente; sin embargo las implicaciones de tales insultos son fáciles de relacionar con la dinámica racial general entre los personajes. Cuando Negro Malo se encuentra con una serpiente que parece querer atacarlo para proteger su guarida, “él le troza la cabeza de un tajo y por el color de la venenosa serpiente y lo que a él le hierve dentro del pecho, rezonga: Zamba tenias que sé!” (Gallegos 18). El comentario alude la animosidad de Negro Malo hacia su capataz zambo, Mindonga.


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Esta animadversión entre grupos de color refleja lo influyente que eran las narrativas esencialistas en relación a la raza. “Tantos los venezolanos como los extranjeros esperaban lo peor de esta mezcla entre indios y africanos” (Wright 47). El viajero francés Jean Joseph Dauxion-Lavaysse [(1780s)] comentaba que en Caracas y áreas cercanas ‘la palabra Zambo es sinónimo de despreciable, vago, mentiroso, impío, ladrón, villano, asesino, etc.’ (en Wright 23-24). 80% de los crímenes se decía eran cometidos por zambos. Durante la Guerra Federal, [Jean Joseph Dauxion-Lavaysse] concluía, los zambos habían demostrado ser ‘los más crueles y sanguinarios de todas las tropas, sin pedir ni dar cuartel, y en ese sentido habían superado a los llaneros’ (en Wright 47). El Zambo, entonces, se convierte en más que una tonalidad de color con la cual se describen objetos y seres (aparte de la gente zamba); se vuelve un término cargado de suposiciones raciales y esencialistas que se asignan como cualidades inherentes de los objetos descritos.


Los esclavos en la novela de Gallegos están más informados y conscientes de su realidad de lo que piensan los amos. Ellos cuestionan la deshonestidad de sus amos al no cumplir las leyes emancipadoras propuestas desde 1821, por ejemplo. “Y después no quieren que haigan cosas! (Gallegos 20), sentencia uno de ellos. Hay, en consecuencia, varios tipos de animosidades entre los esclavos (contra algunos de su propia clase, contra sus amos y eventualmente contra todos aquellos quienes, aún no lastimándolos directamente, se beneficiaron de la explotación y no hicieron nada para detener el sistema humillante e inhumano) y es en el contexto de estas animadversiones que los cuentos de Tío Conejoson usados para ganar adeptos para una causa política que se suponía iba a resolver las diferencias raciales y de clase. El cuenta cuentos a cargo de dramatizar los cuentos picarescos es el padre Rosendo Mediavilla, un simpatizante del partido liberal, cuyas faenas (o catequesis de maíz, como él las llamaba) se habían vuelto uno de los pocos eventos alegres en la vida de los jóvenes de Barlovento y Los Valles del Tuy.


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En las historias del Padre Mediavilla predominan binarios ingenuos y simplistas. Tío Conejo y Tío Tigre comparten el escenario; cualidades, tanto animales como humanas son asignadas en correspondencia: “astucia-fuerza; burla-majadería; humildad-soberbia.” Pero luego estas cualidades son extrapoladas a la estructura de clase de la época, “Tío Conejo camisa de mochila, Tío Tigre mantuano casi todas las noches” (Gallegos 56). Por supuesto, él cuenta este tipo de historias solo a “los hijos del pueblo;” no lo hace cuando está con los “mantuanitos” o con los hijos del pulpero, del sastre, o el patrón de goleta (55-56). El mismo Mediavilla, un pícaro camaleónico, había sido criticado por su estilo de predicar poco ortodoxo, su irreverencia y sus modales más bien toscos. Las historias que cuenta, entonces, son de alguna manera autobiográficas y buscan justificar sus métodos para llegar a sus feligreses.


Mediavilla nos regala el cuento de la vez cuando Tío Tigre se volvió cura. Su joven audiencia, familiarizada con los personajes, inmediatamente reacciona a lo absurdo de la situación. Mediavilla responde al cuestionamiento diciendo que Tío Tigre lo hizo solo porque Tío Conejo ya era un cura. Por supuesto, Tío Conejo era un cura humilde que predicaba en una pequeña iglesia humilde llena de “conejitos que iban con la patica en el suelo y su camisita de mochila” (56). Un domingo, Tío Tigre pasó por la iglesia de Tío Conejo y mientras Tío Conejo estaba en la sacristía entró. Pensó que si Tío Conejo tenía a todos esos conejos distraidos a pesar de su “plática tan fea y tan chabacana,” tan pronto se montara él en el púlpito y dijera su gran sermón como sólo él podría hablar, todos los comemontes lo seguirían a su cueva y se los comería.


Así, Tío Tigre empezó a dirigirse a los conejitos, pero la reacción inicial fue de incredulidad, “Coma avispa, compañero, que cigarrón azota! Ese como que es Tío Tigre,” gritaron los conejos (57). La audiencia de Mediavilla se ríe a carcajadas al oír a los personajes del cuento hablar “tal como lo hacían ellos.” Pero, continua Mediavilla, como Tío Tigre se lanza uno de esos “párrafos adornados, propio de los mantuanos,” los conejos empezaron a cabecear, no porque estuvieran encantados, sino de puro aburrimiento “por no entender ni una papa del sermón bonito.” Eso no habría hecho mayor diferencia para evitar que el tigre se los comiera si Tío Conejo no hubiera intervenido a tiempo. Este los despierta y los guía fuera de la iglesia y lejos de Tío Tigre.

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El joven Pedro Miguel estaba entre el público y no estaba complacido con el cuento. Le dijo al cura que él había sido despertado hacía tiempo, no por Tío Conejo, sino por las afiladas garras del mismo Tío Tigre (aludiendo una cicatriz que le dejara el brutal castigo de un hombre blanco). Este es un incidente clave en la novela. Pedro Miguel había desarrollado una relación estrecha con Mediavilla, siempre asistiendo a sus sermones y faenas. Pero Pedro Miguel no estaba tan interesado en el entretenimiento como en las discusiones políticas que surgían después de los cuentos y la tradicional lectura de los periódicos anti-oligarcas (58).


Ni Tío Conejo ni Tío Tigre salían triunfantes de este momento político. “Fracasó la tentativa del civilismo, predominó la tendencia caudillista del general Páez y subió al poder el general Monagas, perdiendo así la jornada electoral tanto los oligarcas como los liberales” (76). José Tadeo Monagas se convertiría eventualmente en el responsable de la Guerra Federal en la que Pedro Miguel participará.


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Mientras tanto, el Padre Mediavilla continuará revolviendo la arena política. Se reunía con simpatizantes de diferentes bandos “los obsequiaba con café del más tinto para excitarles los ánimos más de lo que ya los tenían y ponerlos a pelear unos contra otros, aun del mismo bando” (140). Los movimientos camaleónicos de Mediavilla representan las complejas alianzas y contra pactos que caracterizaron la política venezolana del siglo diecinueve (aunque se podría argumentar que esta situación persiste).


Años más tarde, cuando Pedro Miguel empieza su trajinar hacia la guerra, encuentra al padre Mediavilla en un pequeño y arruinado pueblo. Cuando le pregunta que hacía ahí (habiendo abandonado su parroquia), el sacerdote responde, “vine a predicar a esta iglesia de Tío Conejo y aquí estoy oyendo las fechorías de Tío Tigre que me cuentan estos amigos.” (151). Luego insistirá en convencer a Pedro Miguel de que se convierta en líder de los desposeídos, “tienes pueblo, Pedro Miguel. Fíjate en cómo están pendientes de ti todas las miradas” (152).


Pedro Miguel peleará eventualmente en la Guerra y se convertirá en líder, pero la decepción y la tragedia lo encontrarán pronto, y justo como el tramposo entrampado, él y el padre Mediavilla aprenderán por las malas lo que la guerra significa realmente. Pedro Miguel se encuentra con Mapanare, otro líder local, que lo había previamente invitado a unirse a los ejércitos federales. Mapanare había recogido a un desquiciado padre Mediavilla, quien, traumatizado por los horrores de la guerra y seriamente herido en la cabeza, se había convertido en un tipo de cuenta cuentos muy diferente. Ahora, tejía hilos sin palabras, “mientras las garrudas manos hacían en el aire el ademán, inverosímilmente fino de coger flotantes hilos sutilísimos, con los cuales iba tejiendo una malla ilusoria…sutilísimas hebras, tal vez de la tela de cristianas ilusiones que desgarró la guerra, allá donde era candorosamente bonachona el alma del cura liberal” (211-212).


Pedro Miguel recibirá el golpe de gracia al presenciar el traicionero asesinato de Juan Coromoto, su mejor amigo.


De todos los cuadros de la guerra que en cuatro años habían desfilado ente sus ojos, espectador o actor de las tremendas escenas de las matanzas y del exterminio, uno solo, como si los refundiera todos, no se le apartaba ahora de la mente: Juan Coromoto, el leal compañero que tanto esperó de él, desplomándose del caballo, en el ademán de las manos a la espalda por donde le habían dado muerte, porque su fidelidad estorbaba la traición. Y Juan Coromoto no era un hombre, sino un pobre negro, que es todo un pueblo, abandonado…” (232).

Y abandonar tuvieron que, la tierra que una vez les prometió tanto y les dio tan poco, para salvar la vida de Luisana de las

partidas armadas que recorrían el litoral, precisamente para impedir que por allí se escapasen las familias oligarcas que huían de las poblaciones de Barlovento, donde la pugna política había sido desbordada por los tremendos caracteres de la lucha de clases,agudizada por la desigualdad racial” (233).

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Continuará…

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Obras Citadas o Consultadas

Arraiz, Antonio. Tío Tigre y Tío Conejo. Caracas: Monte Ávila Editores, 1980.
Díaz Sánchez, Ramón. Cumboto. Caracas: Editorial Panapo, 1997.
—. Paisaje Histórico de la Cultura Venezolana. Buenos Aires: EUDEBA, 1965.
Gallegos, Rómulo. Pobre Negro. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1945.
Lewis Marvin. Ethnicity and Identity in Contemporary Afro-Venezuelan Literature.
Columbia: U. of Missouri P., 1992.
Piquet, Daniel. La Cultura Afrovenezolana. Caracas: Monte Ávila Editores, 1982.
Ramos Guedez, José Marcial. El Negro en la Novela Venezolana. Caracas: UCV, 1980.
Sojo, Juan Pablo. Nochebuena Negra. Caracas: Editorial General Rafael Urdaneta, 1943.
Wright, Winthrop R. Café Con Leche. Race, Class, and National Image in Venezuela.
Austin: U. of Texas P., 1993.


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